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Biden y la amarga experiencia de haitianos en la frontera con México.

Los linderos del largo puente que une las ciudades de Acuña, México, y Del Río, Texas, repletos como playas en verano por 15 mil haitianos desesperados por llegar a Estados Unidos, amanecieron hoy vacíos, como el desierto.

 

Autoridades mexicanas lograron convencer a los sufridos migrantes que era preferible resguardarse en México donde hay posibilidades de establecerse, que en Estados Unidos donde los desprecian y los tratan como el Ku Klux Klan a sus negros y hay predisposición a recibirlos por una supremacía blanca que no cede a la realidad.

Los haitianos se rinden ya exhaustos, vejados y hambrientos, castigados con látigos de jinetes de la guardia fronteriza, cuyas imágenes estremecieron el mundo, y después de mucha golpiza y denuncias, el presidente Joe Biden y su vice Kamala Harris critican a los uniformados como si no tuvieran culpas ellos mismos.

Los últimos migrantes de la isla compartida de La Española que llenaban el improvisado campamento -ejemplo de la desigualdad que impera hoy en el mundo- abandonaron el bajo-puente binacional en la madrugada de hoy y aceptaron los albergues ofrecidos por México.

Una vez más, este país echa sobre sus hombros lo que le corresponde cargar a Estados Unidos, contradictoriamente un país sin nacionalidad formado por la migración como las sábanas de retazos, pero muy pocos de negros a quienes siguen tratando como en la época de las tres K.

Aunque no negros, pero también de piel y facciones diferentes a las anglosajonas, los supremacistas tampoco dejan ingresar a territorio blanco a los ‘indígenas’ centroamericanos para que se sigan consumiendo como pasas entre el sufrimiento, el hambre, las enfermedades y la violencia.

Centroamérica y Haití -como los negros del Sahel y otras regiones africanas que buscan llegar a Europa para intentar paliar el hambre-, son el tubo estrecho del embudo social americano de cuya angostura extrema Estados Unidos es un gran responsable por su política de mala vecindad, saqueo y agresiones.

Las panorámicas que exhibe este sábado la prensa mexicana del parque Braulio Fernández en la norteña Ciudad Acuña (Coahuila, norte), donde los migrantes se habían instalado, muestra una tranquilidad que difícilmente recuerde la agonía de ayer de miles, incluidos centenares de niños, algunos nacidos allí mismo como animales en cautiverio.

Algunos historiadores comparan ese breve momento con la reconcentración de campesinos de Valeriano Weyler en Cuba en febrero de 1896 para aislar al ejército mambí. Aquí en Texas la contención de los migrantes bajo el puente sin dejarlos avanzar fue para persuadirlos de su idea de establecerse en Estados Unidos.

El gobierno de Biden, y nadie más, bloqueó el paso hacia Texas con cientos de camiones militares, lanzó la criminal caballería contra personas a quienes trató como bestias, y luego trató de justificar el problema moral.

Biden y Kamala condenaron el uso excesivo de fuerza contra los haitianos, y un migrante, Alejandro Mayorka, secretario de Seguridad Nacional, rasgándose las vestiduras y hablando en inglés, se expresó también contra los guardias represores, pero es difícil de creer.

El poder omnipresente de la gran potencia fue evidente y operó como pretéritas invasiones militares. Llegaron aviones y vehículos, y en una acción de ‘limpieza’ como aquellas en los arrozales de Vietnam, sacaron a cientos de haitianos en pocas y horas y atemorizaron lo suficiente a los que quedaron para que abandonaran el lugar.

Creen, con ello, que el problema terminó, y demoran o ponen paños tibios a la solución parcial o de urgencia más efectiva en las condiciones actuales -pues no es la definitiva tampoco- que propone el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, de crear trabajo y bienestar para que la gente no huya de su país agobiado por la pobreza y la infelicidad.

La solución definitiva, lamentablemente, no está al doblar de la esquina, pues nadie es capaz de vaticinar hasta cuándo, ni de qué manera, continuará este vergonzoso sistema internacional de inequidad que, aunque en crisis, todavía está allí.

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