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Del paganismo a la cristiandad: la fe en la oscuridad de una cueva de España

Los arqueólogos han descubierto un esqueleto completo a la orilla de la ermita de San Tirso y San Bernabé (Burgos). Este podría ser de época visigoda. Sería una prueba más de la ocupación humana a lo largo de la historia del conjunto kárstico de Ojo Guareña. Desde la prehistoria hasta la Edad Media.
Sinuosas carreteras se abren paso entre los recodos de la vertiente meridional de la Cordillera Cantábrica. Sin la inmensidad de sus iguales de Asturias o León, las leves cumbres salpican el norte de la provincia de Burgos y confieren un aspecto agreste al paisaje. Los árboles se adentran en la calzada y los animales pastan a orillas del asfalto. Caminos en los que en ocasiones tan solo entra un vehículo. Estrechez compartida con la red viaria de Picos de Europa. No obstante, a diferencia de sus compañeras occidentales, en territorio burgalés, el laberinto de rutas que caminan sobre las sierras se traslada también bajo el firme. En concreto, varios metros bajo tierra.
Ojo Guareña forma parte del sistema montañoso. Se trata de un conjunto kárstico, un tipo de relieve originado por la descomposición química de rocas integradas por minerales solubles en agua. La acción del río Guareña ha erosionado la piedra hasta moldear un paisaje abrupto de 13.850 hectáreas de extensión. Este es el karst más grande de España. Pero, su espectacularidad se guarda del sol. Bajo la superficie, más de 100 kilómetros de cuevas carcomen la montaña.
Un laberinto de galerías que ha atraído la presencia del ser humano desde tiempos inmemoriales. Tribus del Paleolítico pudieron habitar las profundidades de Ojo Guareña. Grupos de hombres del Neolítico, la Edad del Cobre o la Edad del Hierro se aventuraron en las frías entrañas de la tierra. Precisamente, nuestros antepasados de la prehistoria dejaron grabada su impronta en el suelo arcilloso de la Cueva Palomera. Siglos después, en la Edad Media, las personas también visitaron las cavernas. Incluso, las convirtieron en un lugar sacro. Por ejemplo, la Cueva de San Bernabé se transformaría en la ermita de San Tirso y San Bernabé. Una fachada de piedra del siglo XVI cubre la gigantesca boca de entrada al subsuelo. Sus techos redondeados hacen de bóvedas naturales, cubiertas de frescos.
«Es un lugar único», destaca Ana Isabel Ortega, arqueóloga del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (Cenieh) y la Fundación Atapuerca, a Sputnik Mundo. Antes de que fuese declarado Monumento Natural por la Junta de Castilla y León, Ortega ya mostraba los yacimientos descubiertos en el conjunto kárstico. «En 1988 empecé a enseñar la riqueza arqueológica de las cuevas. Recuerdo a una profesora catalana que traía todos los años a sus alumnos. Quedaban siempre impresionados», rememora.
En pleno siglo XXI, Ortega no se centra en las visitas. Pasea por las salas de estalactitas y estalagmitas, pero lo hace en búsqueda de registros que señalen la presencia humana en las galerías de Ojo Guareña. Su trabajo forma parte del proyecto de datación del patrimonio cultural del conjunto kárstico, apoyado desde 2017 por el Gobierno Autonómico. De esta forma, la arqueóloga y su equipo recolectan cualquier muestra que indique ocupación. Por ejemplo, las muescas que dejan las antorchas en las paredes. Una operativa que le ha llevado a las cuevas Palomera, Kaite o Cubía. Tan solo le faltaba San Bernabé.
En esta última saltó la sorpresa. «Las muestras no nos indicaron una ocupación prehistórica», señaló Ortega. En una galería cercana a San Bernabé, se hallaron unos grabados a cinco metros de altura. Sobre ellos, una capa negra de hollín. Como si en su interior hubiesen quemado algo. «Creo que la cueva se pudo utilizar para el ganado, por lo que estaría llena de estiércol y orines de los animales. El propietario debió de quemar todos los restos para higienizar la cavidad y poder usarla de nuevo», explica la experta. El negruzco material fue llevado al laboratorio para su análisis. La prueba de Carbono 14 señaló que correspondía al periodo visigodo. «No teníamos nada de esta fecha», comparte la científica.
Cerca de San Bernabé, en la Cueva de Cornejo, unas maderas sometidas a estudio volvieron a señalar que provenían de época visigoda. «Se puede decir que hubo una presencia de este pueblo en Ojo Guareña», resalta la arqueóloga. Su equipo tiene múltiples evidencias del Paleolítico, Neolítico y Calcolítico. Además, cuentan con un esqueleto de la Edad del Hierro. Incluso, han anotado muestras romanas y han hallado cerámica pintada típica de la Alta Edad Media. Precisamente de este periodo son algunos de los restos humanos encontrados previamente, aproximadamente de finales del siglo VIII y principios del IX. Pero, nada de la etapa de transición entre el siglo VII y VIII, englobada en el reino de los visigodos. Ahora, sí.
El descubrimiento sugirió la idea de excavar una tumba próxima a la entrada de la ermita de San Tirso y San Bernabé. Un sepulcro que vio la luz en 1981 con las obras de acondicionamiento de los accesos al templo tras unas fuertes lluvias. No obstante, nunca se había procedido a su excavación. El hueco en la roca reveló que este había sido trabajado. En su interior, una estructura de lajas. En ella, reposaba el esqueleto de un individuo adulto, en posición decúbito supino, con la cabeza al oeste, remarcada con dos pequeños sillares calizos.
Primero hubo que esperar a que los restos óseos se secaran. «La calavera estaba como una esponja. Tenía peligro de deshacerse», puntualiza Ortega. Después envió muestras al laboratorio para realizar los estudios antropológicos pertinentes. Entre estos destacan los análisis de los isótopos estables del hidrógeno, carbono y estroncio. Los resultados permitirán profundizar en la vida de este personaje. Desde su ocupación hasta su alimentación. Además, el trabajo científico servirá para poner una fecha al esqueleto. «Suponemos que es visigodo, pero podría ser altomedieval o simplemente una persona importante relacionada con la ermita», apunta la experta.
La arqueóloga hipotetiza que este hombre podría ser uno de los primeros eremitas del lugar. Una persona que decide retirarse para vivir aislado en algún lugar idílico y practicar la fe. Ese paraíso espiritual pudo ser la Cueva de San Bernabé. «Hay que recordar que hace muchos años, el lugar donde está la ermita era por donde el río se metía bajo tierra. Era un lugar especial con una belleza singular», destaca. Tal vez fue un religioso que se ocultó en las montañas para sobrevivir a la llegada de los sarracenos a la península Ibérica. Pero, en caso de ser visigodo indicaría que Ojo Guareña se cristianizó mucho antes de lo esperado. El templo y su uso podrían datar de varios siglos atrás. «Podría ser una de las iglesias rupestres más antiguas de España», añade Ortega.
Más allá de la sacralidad del lugar, la presencia de moradores de estas épocas en el conjunto kárstico revela que la religión cristiana no supuso el fin de la relación del ser humano con la cueva. «La cristiandad abandona el mundo oscuro del subsuelo porque lo considera pagano. Antiguamente, el interior era el hábitat de los muertos, cosa que cambia con la fe cristiana. Parece que pierden el interés, pero pruebas como este esqueleto, las paredes quemadas o la cerámica hallada señalan que no tanto. Al final, las personas son muy curiosas y siempre hay alguien que quiere conocer más, independientemente de las creencias», comparte Ortega.
El equipo de investigadores en Ojo Guareña seguirá vigilando las paredes de las cavernas. «Me gustaría centrarme en la galería donde se quemó estiércol. Creo que veo un crismón en las fotos que hice del techo. Tendría que poner un andamio para captarlo bien. Pero, hay muchos frentes de trabajo», afirma Ortega. Las cuevas esconden desde arte rupestre hasta huellas de hace 19.000 años. Los yacimientos abarcan castros de la época de los cántabros y, por supuesto, la propia ermita del lugar. Los restos visigodos completan la cronología de este paisaje, frecuentado de manera casi continua desde hace miles de años.
En la cultura popular, la zona es escenario de leyendas. Se cuenta que un hombre mayor de largas barbas vivía con las bestias entre las rocas. También se dice que un rey godo entró en las cuevas en búsqueda de una pastora que perseguía y jamás salió. Tampoco lo hicieron la joven ni el químico que acompañaba al monarca. Durante días se escucharon sus lamentos entre las montañas. «Cuando hallamos el esqueleto del hombre de la Edad del Hierro, la gente de la comarca pensó que era el rey godo. Igual el individuo de la ermita es el químico», ríe la investigadora.
En el ámbito de las costumbres, la ermita de San Tirso y San Bernabé se mantiene como lugar de peregrinación. Una de las romerías más importantes del norte de la península ibérica se celebra cada mes de junio. «Eventos así hablan de la importancia religiosa del enclave», advierte Ortega. Hay historiadores que sitúan el origen de Castilla en el área de Ojo Guareña. Actos fundacionales relacionados con la fe. Un culto que se estableció en las entrañas de la piedra.

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